jueves, 13 de agosto de 2020
Contracolumna • ¿POR QUÉ NO RENUNCIA? • UN SEXENIO PERDIDO
miércoles, 12 de agosto de 2020
Mercados, ejército y élites, los verdaderos problemas de EE UU
Carlos Ramírez
La nominación
de la senadora Kamala Harris como candidata a la vicepresidencia de los EE UU
por el Partido Demócrata hizo arrancar
el proceso electoral presidencial. El presidente Trump viene de atrás, abajo en las encuestas y en el ánimo
mediático, en medio de una grave crisis
social por las protestas afroamericanas estridentes, la violencia en las calles
y los desastres por el coronavirus.
Las primeras
lecturas saludaron a Harris por un inexistente
perfil afroamericano, producto del color de su piel. Pero las raíces familiares
vienen de Sri Lanka y Jamaica, no de
Africa. Y como para poner su juego
central, el candidato Joe Biden adelantó la legalización de los indocumentados
hispanos que han sido perseguidos
por Trump.
Pero el eje del proceso electoral no girará en
torno a los afectados por Trump porque constituyen temas menores, sino que repetirá el escenario del 2016: la reconstrucción del imperio
estadunidense contra la falsa bandera feminista
de Hillary Clinton.
Los tres temas centrales de los EE UU están
a la vista: recuperar del papel central de la economía estadunidense ante la competencia china, reposicionar el
dominio militar estadunidense como
eje imperial y depurar las funciones de las élites políticas que se han desviado del poder para centrarse en
quejas sociales.
El tema del racismo afecta a la minoría, la
violencia policial es el eje del
control social de las masas como punto correlativo
al imperialismo militarista exterior y la agenda afroamericana se reduce a quejas y no a la incorporación de esa
comunidad minoritaria --16%-- al conjunto social productivo y dominante.
En el 2016
Trump ganó a Hillary-Obama por su
meta de “hacer a América grande otra vez”, esencia
del dominio imperial dominante de países, clases y economías. Cuatro años
después los EE UU han recuperado
parte de su centralidad mundial.
Para entender la lógica del electorado
estadunidense hay que explorar la sociología de la dominación imperial: que los electores entiendan que el american way of life --modo de vida
estadunidense-- no se logra con las
buenas maneras, sino con la explotación
de los otros. El modelo de “faro de la democracia” debilitó el pensamiento imperial estadunidense del siglo XIX de la
expansión territorial sobre las muertes de indios y el robo de territorio a
México.
Biden y Harris
representan el pensamiento culpable
de un imperio fundado a sangre, fuego y expansión militarista. En su discurso
en Berlín en 2008 como candidato de la esperanza de la paz, Obama se
comprometió a reparar el daño
imperial; en el poder, el aparato
presidencial lo orientó a salvar al capitalismo expoliador. James Carter, el
último presidente con cargo de conciencia,
asumía compromisos morales, pero a la hora de incumplirlos sólo alcanzaba a justificarse: “es que Casa Blanca
dice”.
Aunque
Biden-Harris podrían representar ante el electorado moral una imagen de cargo de conciencia, al final de
cuentas esa presidencia sólo alargará la crisis de decadencia del imperio. Lo
grave es que Trump tampoco ofrece
una salida, porque su presidencia ha carecido de una estrategia de reconstrucción imperial. El único que tenía un modelo funcional al Trump que quería rehacer la
grandeza de los EE UU fue Steve Bannon,
pero la nueva burocracia trumpista lo echó de la Casa Blanca y creó un círculo
de aislamiento de Trump de su propio
proyecto.
Con la
presidencia de Ronald Reagan se agotó
el ciclo de la élite gobernante con pensamiento estratégico de los EE UU como
un Estado de Seguridad Nacional (concepto de Gore Vidal). Desde entonces, los
presidentes estadunidenses se han movido en la incompetencia, la frivolidad, la autocomplacencia y el deterioro
imperial. Trump ganó en 2016 por su meta de reconstruir el imperio, pero Biden-Harris representan figuras
improvisadas, sólo ofertando perdones
a los ofendidos por Trump.
Lo más significativo para los EE UU es que
Biden y Harris no son una oferta
estratégica del imperio, ni un ejemplo de ejercicio del poder, ni un bloque
dominante, ni un proyecto de reorganización económica, sino sólo un perfil anti Trump, sin entender que Trump no fue un candidato exitoso, sino un
sujeto histórico de las
contradicciones sociales de un imperio decadente.
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Política para dummies: La política, solía decir Maquiavelo, comprueba que
todos los hombres son malos por naturaleza.
@carlosramirezh
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Contracolumna • OBRADOR, AHORA SOMOS BUENOS • LA CORRUPCIÓN DEL PRI A MORENA
JOSÉ MARTÍNEZ M.
Cuando el presidente Carlos Menem ofreció un banquete en su primera recepción, su esposa Zulema Yoma quiso saber qué preparaban los cocineros de la casa presidencial y preguntó por los detalles de la comida.
–¿Todos los menús son iguales? – inquirió.
El jefe de cocineros de la casa presidencial de la Quinta de Olivos –donde viven los presidentes de ese país– Rubén Gómez respondió con una expresión que se hizo famosa en toda la Argentina:
–Cambian los menús, cambian los presidentes, pero nunca cambian los invitados.
En México exactamente ocurre lo mismo aunque Obrador haya corrido a los cocineros, los invitados siguen siendo los mismos, lo peor que pasa ahora en Palacio Nacional es que los convidados comen del mismo plato del presidente.
Los negocios desde el poder continúan, incluso de una manera más burda.
Lo del escándalo de Odebrecht involucró a una gran parte de los gobiernos de América Latina, México no podía ser la excepción. Tan insultante fue la corrupción que los mexicanos “cansados de tan pinche tranza” que emitieron un voto de castigo contra el PRI y el PAN.
Que Obrador siga creyendo que votaron por su persona es un sueño guajiro, como también es cierto: los electores no le entregaron un cheque en blanco.
Está claro que nadie, ni el propio Obrador, deben estar por encima de la ley. Sin duda alguna, el de Peña Nieto fue uno de los sexenios más corruptos, como lo fueron los gobiernos de Salinas y de Fox, tampoco Calderón debe de tratar de lavarse las manos como el famoso Layín, Hilario Ramírez Villanueva, el alcalde de San Blas, en Nayarit, que se ufanaba públicamente de “robar poquito”.
Lamentablemente el poder político, tanto en México como en muchas partes del mundo, es un botín político. El caso Odebrecht es solo una muestra de ello. El escándalo de los Papeles de Panamá es otro ejemplo de ello.
Políticos y empresarios han ido de la mano de la corrupción. Cuando Salinas emprendió la privatización de las empresas estatales fue un verdadero carnaval de corrupción. Luego Zedillo rescató a los hombres del dinero con el Fobaproa. Los Hank, por ejemplo, fueron parte de los beneficiarios y ahora son consejeros del presidente Obrador.
El caso Odebrecht debe sentar un precedente pero el gobierno de Obrador ha comenzado a administrar políticamente este asunto con propósitos meramente electorales y no de justicia. Porque si se tratara de aplicar la ley a rajatabla podría comenzar por Bartlett y los propios encargados de combatir la corrupción, en este caso barrer las escaleras de arriba hacia abajo empezando por la secretaria de la Función Pública Irma Eréndira Sandoval.
Desde luego que Peña Nieto y los principales miembros de su equipo presidencial están embarrados como también Vicente Fox y su esposa Marta Sahagún y sus hijos.
Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad –desde su fundación en 2015– y el propio equipo de Carmen Aristegui han hecho un espléndido trabajo periodístico. Han sido puntuales en ofrecer un retrato de la corrupción política del poder.
Lo malo de Obrador es que su gobierno también ha estado envuelto en escándalos de corrupción. Desde sus primeras campañas la corrupción los ha asediado. Gente de su primer círculo protagonizó escándalos, como los vimos posteriormente en su pasada campaña presidencial.
Ahora Obrador está rodeado de personajes involucrados en casos de corrupción, comenzando por su jefe de la oficina presidencial Alfonso Romo, en algún momento también lo estuvo el asesor jurídico Julio Scherer Ibarra.
En Palacio han cambiado los menús pero siguen los mismos invitados. Ahí están los casos de Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego quienes tienen más que derecho a picaporte en la oficina presidencial, hacen negocios aun en la peor crisis del país con la educación al ser favorecidos con cientos de millones de pesos.
Es el momento de que Obrador deje de ser el político ruidoso y vocinglero para pasar a actuar con la ley en la mano y ahora si “caiga quien caiga” castigar a los responsables de la corrupción de la pasada administración.
De la corrupción en las campañas ya lo sabemos. No hay un solo partido que escape de ello, en todo caso lo preocupante es la perversión con la que actúan los políticos en su ambición por hacerse del poder. Lo del caso Odebrecht es grave porque presuntamente involucra al mismo expresidente Peña Nieto y a sus principales colaboradores como Luis Videgaray, Osorio Chong y Pedro Joaquín Codwell.
Lo peor que podría ocurrir, en algún momento, es que se destapara la cloaca de la infiltración del narco en las elecciones, aunque ya sabemos que esto ha ocurrido y seguirá ocurriendo, como otras formas de corrupción, mientras en Palacio Nacional solo se cambien los menús.
Lo peor que puede hacer Obrador es pararse el cuello vociferando que ahora son buenos, la corrupción no distingue colores, siglas ni partidos políticos. La corrupción va del PRI pasando por todos los demás partidos hasta llegar a Morena.
Eso también ya lo sabemos.
Trump, sólo anti establishment, no anti capitalista ni anti imperialista
Carlos
Ramírez
En la campaña
presidencial del 2016, el candidato Donald Trump se presentó, de manera paradójica, como el candidato anti
Estado para conducir al Estado. No fue, como no es ahora, anti capitalista ni
anti imperialista; al contrario, su propuesta fue reconstruir el imperio estadunidense de las primeras tres cuartas
partes del sigo XX.
Los dos
presidentes estadunidenses que confrontaron al establishment dominante en los
EE UU cayeron víctimas de
conspiraciones internas del poder: Nixon (Watergate) y Clinton (Mónica
Lewinsky). El prototipo de
presidente del establishment fue Barack Obama, quien llegó a la Casa Blanca por
el color de su piel, pero su misión
fue salvar al capitalismo imperialista.
Con un estilo atrabancado y hasta violento,
Trump recuperó el poder de la
presidencia ante los grupos de poder y sus intereses. Los EE UU y su modelo
capitalista siempre ha sido operado por el establishment. En 1956 C. Wright
Mills publicó su ensayo ya clásico La
élite de poder para revelar que “los poderes de los hombres corrientes”
están determinados por los grandes y reales
poderes: el económico, el político y el militar.
En 1967 G.
William Domhoff publicó su investigación ¿Quién
manda en Estados Unidos? y desmenuzó a las grandes corporaciones financieras e industriales, las siete
principales fundaciones que forjaban
líderes --entre ellas la Ford y la Rockefeller--, la estructura de poder
legislativo y judicial y el sector de seguridad
nacional de los militares, la CIA y el FBI.
En 1980,
Leonard Silk y Mark Silk bautizaron
de manera formal a esos poderes reales en su libro El establishment americano y completaron la lista de esos grupos
dominantes de poder: la Universidad de Harvard, el The New York Times, la Fundación Ford, el Instituto Brookings, el
Consejo de Relaciones Exteriores, entre otros, formaban y controlaban a los tomadores de decisiones.
Trump rompió los lazos de dependencia de la
presidencia con esos poderes, en nombre del ciudadano de condado que padecía el
funcionamiento del Estado autónomo
como poder autoritario y explotador sobre el ciudadano. En los hechos, Trump ha
sido igual o más capitalista e imperialista
que sus antecesores. Y su racismo no
difiere mucho del de Obama o los Bush o Clinton, éstos más hipócritas.
Por primera vez los demócratas del
establishment se quedaron sin cuadros, En los debates de una docena de
precandidatos demócratas a la presidencia nadie
destacó con fuerza como para enfrentar a Trump en las urnas. El único que dejó ver indicios diferentes
fue Bernie Sanders, pero su bandera de “socialismo”
atrajo a los jóvenes, pero ahuyentó
a los grandes intereses económicos.
A lo largo de
las últimas semanas, el establishment
liberal-conservador/demócrata-republicano ha fijado los criterios a favor de Joe Biden y su padrino Barack
Obama, con el respaldo de los grandes medios
de comunicación de los grupos de poder y ahora resulta que Biden sería el
presidente bueno.
Los poderes del
establishment quieren un presidente manipulable,
respetuoso de las jerarquías de las élites, administrador de los intereses de
los grupos dominantes, sometido a
las prioridades del capital, el imperio y las corruptelas. Trump desdeñó a esos grupos y decidió en
solitario.
El
establishment se convirtió en el Estado
profundo que está maquinando la derrota republicana…, con la alianza de los miembros republicanos
del viejo establishment. Lo que se debate en los EE UU no son definiciones de política, sino estilos mediáticos y alianzas de poder.
Trump no va a terminar con el establishment
porque carece de inteligencia estratégica y de bloque de poder y porque sólo
ofrece un estilo diferente, pero sí
podría humillarlo si le gana la
reelección en noviembre próximo a Biden-Obama como se la ganó en el 2016 a Obama-Hillary.
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El PRI en Sinaloa. En la última
encuesta de gobernadores realizada por Consulta Mitofsky de nueva cuenta
destaca el de Sinaloa, el priísta Quirino Ordaz Coppel, en el primer sitio,
mientras el PRI de Alito y José Murat
siguen ignorando esas señales por sus acuerdos en lo oscurito con Morena. Ordaz calificó en el primer sitio del top de
cinco, subiendo diez puntos porcentuales en un año. Inclusive, el sinaloense
está arriba del panista yucateco Mauricio Vila, del panista queretano Francisco
Domínguez y de la morenista Claudia Sheinbaum.
Política para dummies: La política es un juego de poderes, no de éticas.
@carlosramirezh
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lunes, 10 de agosto de 2020
El poder militar-financiero-mediático de EE UU decidirá si Trump o Biden
Carlos
Ramírez
El principal error en la lectura política que tienen
los medios mexicanos de las elecciones presidenciales radica en la caracterización de la disputa: la lucha
Trump-Biden no representa una lucha
entre intereses racistas y valores morales, sino entre dos formas de ejercer el
poder imperial para mantener la
hegemonía de los EE UU en la nueva configuración de bloques del poder mundial.
Muchos
analistas siguen sin entender por qué Trump ganó las elecciones presidenciales del 2016 si representaba el
puritanismo del siglo XVII y Hillary decía encarnar la primera posibilidad de
que una mujer fuera presidenta del
mayor imperio mundial. La realidad
fue otra: Trump ofreció el regreso
de los EE UU al papel de potencia mundial imperial en economía, finanzas y
comercio y Hillary disfrazó su
imperialismo detrás de las faldas rasgadas por la infidelidad de Bill Clinton.
Existe mucha
ingenuidad en suponer que Biden será diferente
a Trump; Obama le ganó a John McCain en el 2008 porque el poder
militar-financiero-mediático necesitaba a un salvador del imperio y no a una figura de héroe de guerra. Trump
derrotó a Hillary porque demostró que ella carecía
de una oferta de consolidación imperial desde lo local. Y hoy Biden es un títere de un Obama de regreso a su
discurso moral traicionado en sus
ocho años de presidente.
La verdadera lucha en los EE UU encuentra
a dos figuras en choque dialéctico: el Trump del puritanismo refundador
nacionalista en raza y economía que sólo busca otros cuatro años personales sin elite y sin romper con el bloque
dominante de poder y el Obama que también ya perdió la decencia política y ahora controla al Partido Demócrata
sólo para abrirle la candidatura
presidencial a su esposa Michelle en las elecciones de 2024, sin que ella represente una ideología,
una definición de poder o una representación de clase.
Las dos posiciones en pugna se identifican
en bloques de poder dominante: con Trump opera el Estado nacionalista racial del profundo país rural anti-Estado y con
Obama-Biden asiste el establishment
de intereses demócratas-republicanos que dominan la presidencia en función de
sus intereses,
Sea Trump o
Biden, la realidad es que las
elecciones presidenciales en los EE UU han vencido
el sistema representativo popular y los votos de los colegios electorales
representan al verdadero gran bloque
de poder estadunidense: el militar, el financiero y el mediático. Trump los representó en el 2016, en tanto que
Hillary Clinton quiso construir otros
grupos de poder. En los hechos, Trump no
ha decepcionado a los tres poderes reales estadunidenses y Biden-Obama
representan intereses particulares
de pequeños grupos de poder elitistas.
La violencia de
las guerras civiles moleculares
--caracterización de H. M. Enzensberger-- ahora con el movimiento violento
afroamericano, la alianza demócratas-hispanos, los antifa de la izquierda radical violenta, los okupa que están creando comunas de autogestión y el debilitamiento
del movimiento obrero como clase capitalista al servicio del Partido Demócrata
están ayudando al autoritarismo de
Trump ante la tibieza de
Biden-Obama.
El proceso
electoral actual no presenta sorpresas,
incluyendo la tendencia adelantada de Biden en las encuestas como ya había ocurrido por las mismas fechas hace
cuatro años con Hillary. Inclusive, el The
New York Times el día de las elecciones del 2016 le daba en las primeras
horas una abrumadora mayoría de
posibilidades a Hillary y tuvo que bajar los datos ante los votos de colegios
electorales por Trump.
La clave de las elecciones estará en los
tres debates tradicionales entre candidatos, porque Biden ha demostrado una incompetencia preocupante para discutir
con Trump. Y otro dato importante radicará en la decepción del importante contingente --sobre todo jóvenes-- de la
izquierda de Bernie Sanders sobre el hecho de que Biden represente la continuidad del conservadurismo.
En el 2016
Hillary perdió por no representar
esa continuidad conservadora del establishment de los poderes
militar-financiero-mediático, en tanto que Trump supo enarbolar la bandera de
la ruptura del Estado a favor de la
sociedad para garantizar la
hegemonía de esos tres poderes reales como paso a consolidar un frente interno ablandado por las concesiones
liberales que debilitaron el poder
estadunidense.
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Política para dummies: La política electoral es la de los intereses de grupos
dominantes, no la de los discursos demagógicos.
@carlosramirezh
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domingo, 9 de agosto de 2020
Pandemia y PIB posterior a 2020: llegó la hora del Estado estratégico
Carlos Ramírez
Si algo define el perfil de las decisiones del presidente
López Obrador, con los vaivenes coyunturales, es la reconstrucción del
Estado como eje del proyecto nacional. A lo largo de cuarenta años, desde el
Plan Global de Desarrollo 1980-1982, el proyecto neoliberal salinista pasó del
Estado social al Estado-mercado.
Las decisiones para darle una nueva centralidad al Estado
dominan todas las medidas de la 4-T: la desarticulación de organismos
autónomos y de espacios cedidos a parte de la sociedad civil organizada en
facciones de activistas excluyentes --INE, salud, energía-- están apuntando a
la reconstrucción del Estado como rector del desarrollo y del proyecto
nacional.
El modelo teórico de reconstrucción del Estado como punto
axial o punto eje tiene dos problemas prácticos: uno, la expansión del
Estado vía gasto condujo a la crisis de 1976 y 1982 y dio la justificación
para la llegada del neoliberalismo de mercado sin Estado; y dos, las crisis del
Estado-gobierno y del Estado neoliberal se localiza en la incapacidad
del mercado para suplir al Estado.
Echeverría expandió la acción social, popular y económica del
Estado sin ampliar los ingresos y el colapso estalló por el déficit
presupuestal; Salinas y el salinismo, en el proyecto neoliberal, retrotrajeron
al Estado sin desarrollar o consolidar antes una modernización de la
planta productiva para suplir al Estado con un mercado eficiente en la
actividad económica para competir en el exterior.
Ahora el proyecto lopezobradorista centraliza la acción del
Estado sólo en la protección de sectores vulnerables y en pocas obras de
infraestructura, ambas sin capacidad multiplicadora de la demanda, y el
PIB no sólo se ha desplomado, sino que no podrá crecer en la
reactivación pospandemia más de 2% promedio anual, un tercio del 6%
conseguido en el ciclo populista 1934-1982.
El Estado lopezobradorista ha funcionado con base en reacciones a situaciones de conflicto. Sus ataques a la estructura del
Estado neoliberal de desarticulación de funciones del Estado para cederlas a
grupos ineficaces y facciosos de la sociedad civil carecen de una
propuesta central de reestructuración del Estado unitario. Todavía es temprano
para saber si esas decisiones re-centralizadoras son buenas o malas, pero en el
camino existe la preocupación de que los nuevos funcionarios del Estado ignoran
el proyecto general, como se advierte en las pugnas entre secretarios del
gabinete, ineficacia en la comunicación con el poder legislativo de mayoría del
partido del presidente y la centralización presidencial no sólo de las
decisiones, sino del funcionamiento de oficinas que están regresando a
la estructura estatal.
La dimensión de la crisis neoliberal ilustrada con el fracaso
del modelo de globalización económica para llegar sólo a un PIB promedio anual
de 2% define el desafío de reconstruir el modelo del Estado como el
pivote de la economía, del modelo de desarrollo y del proyecto nacional.
En términos de su Plan Nacional de Desarrollo, el pivote
del proyecto lopezobradorista sería un PIB promedio anual de 4%. Pero esa meta
exige un Estado como rector del desarrollo, como reformador de la
planta productiva y como pivote de la inversión multiplicadora. Pero sin
reforma fiscal y sin reorganización del gasto público, las posibilidades
de salida de la crisis económica neoliberal y de la crisis de la pandemia serán
menores a 2% promedio anual a lo largo de los próximos quince años.
La propuesta de la 4-T, para ser verídica, tiene que
cumplir tres objetivos: aumentar los ingresos fiscales, usar el petróleo para
el crecimiento económico y canalizar el presupuesto para modernizar la
planta productiva. La meta sería aumentar los grados de competitividad
de la economía y para ello necesita reorganizar todo el aparato social,
educativo, científico, tecnológico, industrial y de financiamiento.
El dilema estará en regresar al viejo Estado social
cardenista o en construir un Estado estratégico que busque aumentar la
competitividad mexicana en los mercados.
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Ciclo “La columna y el poder”.
Recuerde: de lunes a viernes por Zoom habrá un ciclo de conferencias sobre la
columna política y el poder para celebrar los treinta años de existencia de Indicador
Político. Registros en http://indicadorpolitico.mx
y anakarinasl@hotmail.com
Política para dummies:
La política es la base social del Estado.
@carlosramirezh
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sábado, 8 de agosto de 2020
Contracolumna : 2021 Y EL VOTO DE CASTIGO 👎👎👎 💀💀💀 >> LOS MUERTOS TAMBIÉN VOTAN << 💀💀💀
JOSÉ MARTÍNEZ M.
La gente está cansada, irritada, sin esperanzas. Pero el presidente tiene otra visión. Todavía al inicio de la pandemia se mostraba optimista y hasta proponía la creación de un amlometro para medir la felicidad.
“El pueblo está feliz, feliz”, festinaba. Y aún peor se refocilaba de la tragedia: “la pandemia nos cayó como anillo al dedo”.
Del triunfalismo ha pasado a la resignación. No hay lugar donde vaya que no sea impugnado, maltratado. Ya no digamos en las redes sociales en las que es severamente cuestionado.
Las redes son un barómetro para medir realmente el mal humor social. Caricaturas, memes, insultos, reclamos, etc… etc…
Ante la creciente irritación social, el discurso de Obrador ha perdido su resonancia, de aquella flama solo queda un pábilo carbonizado.
En el discurso el proyecto de la cuarta transformación sonaba atractivo pero en menos de dos años pasó al desencanto. Para su desgracia quedará en un suspiro.
Todos los políticos, sin excepción, terminan devorados por la soberbia. Obrador enloqueció y jamás imaginó llegar al poder con una victoria aplastante.
Ante el INE, la víspera de las pasadas elecciones presidenciales Morena presentó un padrón de 320 mil afiliados, un dato sumamente contrastante con el número de votos obtenidos en las urnas.
Lo anterior nos revela que Morena aportó directamente apenas 1 por ciento de los 30 millones de votos con los que fue electo Obrador.
Eso significa la enorme irritación social que imperaba en ese momento en contra del gobierno de Peña Nieto por el tema de la corrupción y la impunidad.
La gente no votó tanto por la propuesta de la cuarta transformación –vaya, ni siquiera los afiliados a Morena sabían en qué consistía esta–. Lo que explica el triunfo de Obrador fue el enojo social.
Fue la primera ocasión de unas elecciones con la participación de las redes sociales. La gente le dio un voto de castigo por igual al PRI y al PAN.
De un padrón electoral de 89 millones 332 mil electores, solo acudieron a las urnas 56 millones 611 mil, de los cuales 30 millones lo hicieron por Obrador y sus partidos de la alianza Juntos Haremos Historia (PT y Encuentro Social). Pero más de 26 millones de electores dividieron sus votos por PRI, PAN, PRD, Movimiento Ciudadano y Partido Verde.
No acudieron a las urnas 32 millones 721 mil electores. Es decir, un número superior a los que votaron por Obrador.
En las condiciones actuales del país, seguramente habrá millones de electores que saldrán a votar en contra de Obrador y su cuarta transformación.
Obrador ha sido la gran decepción. Simplemente no estaba preparado para gobernar. De nada le sirvieron los casi veinte años en los que se fogueó precisamente para llegar al poder.
Escribió numerosos libros con discursos, análisis y propuestas pero ningún plan de gobierno ajustado a la realidad del país.
La cuarta transformación proponía cambios estructurales para desmontar al Estado neoliberal implementado a lo largo de las últimas décadas.
Obrador confiaba en tener un plan de gobierno para el cambio y confiaba en tener el método y los hombres y la capacidad para lograrlo.
Pero hay un abismo enorme entre los discursos, las acciones y los cambios y las políticas públicas.
El papel del Estado en la economía ha sido mal planteado, la política de austeridad fue equivocada al grado de provocar un desajuste en la estructura del aparato gubernamental, la corrupción no ha sido combatida como se prometió, su manejo ha sido selectivo y peor aún el gobierno la promueve con sus políticas de adquisiciones y contratos, a ello habría que sumar el manejo de la crisis económica, el manejo de la seguridad y la educación tienen severos problemas de enfoques, no hay garantías al Estado de Derecho lo cual ha retraído la inversión, no hay transparencia, los derechos ciudadanos se vulneran al grado de socavar la autoridad de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, el sistema de justicia es ineficaz lo que ha dado paso a la autodefensa ciudadana, la pobreza aumenta y la seguridad social se menoscaba, el derecho a la salud se ha reducido, etc… etc…
En fin, el resultado es el desastre. Las pugnas hacia el interior del equipo es gobierno es una simple manifestación de que las cosas van mal y de que van a empeorar con el transcurso de los próximos años.
Decenas y decenas de millones de mexicanos están desencantados.
El hartazgo social también vota.
Ya veremos el próximo año en las elecciones de medio gobierno de qué tamaño es el mal humor social de los ciudadanos.
Por ahora basta con sopesar la indignación de la gente con el mal manejo que se hizo desde el principio con la pandemia y el constante número de víctimas de la violencia que han convertido al país en un cementerio.
Ahora sí, habrá que esperar las próximas elecciones porque ahora sí, los muertos también votan.