lunes, 20 de abril de 2020

Sensatez, lo peor que está por llegar



JOSÉ MARTINEZ M.

La sensatez es una virtud. Saber escuchar. Oír. Lamentablemente son pocos los hombres del poder que tienen esa cualidad. Por desgracia, nuestro Presidente no la tiene. Es una lástima. He escuchado las voces de innumerables políticos, intelectuales, periodistas, artistas, empresarios y de la gente común llamando a la cordura al Presidente. Lo que me sorprende es que en Obrador no veo la más mínima tortura interior, algo de arrepentimiento por su torcida naturaleza. Lo que observo es que él se siente destinado a los cielos. Vive confiado y contento pensando que el pueblo es feliz. Él está en su zona de confort dando órdenes, imponiendo su autoridad a sus colaboradores a los que invariablemente somete a su control. Las giras de fin de semana y sus conferencias mañaneras son un escenario para su lucimiento personal. Gobierna con un candor que su angelical manera de ver el mundo contrasta con la pésima realidad que vivimos. El mal manejo de las políticas sanitarias ante la pandemia es un ejemplo contundente. Él es el principal responsable de la crisis sanitaria, comenzó con un mal manejo de las medicinas, los recortes a las instituciones de salud, el despido de médicos, la falta de una estrategia a tiempo. En fin. Ningún Presidente, y eso es lo grave, había sido sometido al bisturí de los periodistas. Son casi unánime las críticas negativas sobre su comportamiento como jefe del Estado mexicano. Él mismo se ha encargado de echar a perder su fiesta. Pero en Palacio no lo ven así. Los empresarios están muy desconcertados. Incluso hay algunos que se confabulan para torpedearlo, para desestabilizar su gobierno, pero él se ha rodeado de los enemigos que antes el propio Obrador criticaba. Se rodeó de los peores y para muestra basta un botón: Ricardo Salinas Pliego y sus malas maniobras. Con una frívola vileza el conductor estrella de TV Azteca, convocó a la desobediencia civil y el bribón desató los odios. Qué pena, ojalá Obrador no termine su sexenio llorando bajo lo que queda del árbol de la noche triste. Carajo, qué impotencia. No en balde la historia se parece a la literatura. Don Quijote en este momento sigue embistiendo los molinos, y Aquiles persigue a Héctor frente a los muros de Troya. Pero tanto el Quijote como Aquiles y Héctor vienen de un intenso tránsito o movimiento de toda su vida, que podemos y debemos sabernos de memoria. El escepticismo se ha apoderado de nosotros, ni siquiera hay un poco de esperanza en el camino de la redención. Más de 40 de millones de pobres están solos en la desesperanza sobreviviendo pero hay otros 10 millones que están peor, en la pobreza extrema y éstos se encuentran más solos que los primeros. No sirve de consuelo. Y eso que lo peor aún está por venir no sólo por lo que nos depara la pandemia sino por la carencia de ingresos, pues la mayoría de los mexicanos están más preocupados por llevar un pan a la mesa. A dónde está la responsabilidad social tan cacareada por los empresarios, a dónde están los cientos y cientos de organizaciones filantrópicas. Y qué quedó de aquella frase rimbombante y prosopopéyica de “por el bien de todos, primero los pobres”. Dónde está la prudencia, el buen juicio y la madurez del Presidente en sus actos y decisiones. Lo que vemos es la imprudencia, el encono, la insensatez. Frente a la falta de liderazgo, un amplio sector de las redes sociales nos ha descubierto solidarios y con empatía entre la sociedad civil, la misma que siempre aflora en las desgracias ante los vacíos del poder. En las redes he vuelto a redescubrir a mis amigos. Lo bellamente onírico ha quedado registrado, lo fantástico ha sucedido. Desde aquí le doy las gracias a mis amigos, gracias por hacerme sentir objeto de un gesto tan cordial, como un like, como una muestra limpia de su amistad y de un sentimiento profundamente humano que nos hermana en la desgracia. Y no me queda más que expresarles mis sentimientos de verdadera gratitud. Ojalá el Presidente se despoje de su odio, que deje de dividir a los mexicanos, que ame a su Patria y que convoque a un verdadero pacto de unidad nacional. Entonces sí podríamos comenzar a hablar de una transformación.

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