viernes, 8 de mayo de 2020

REDES SOCIALES Y AMLO, ANALFABETA POLÍTICO


JOSÉ MARTÍNEZ M.


Andrés Manuel López Obrador es uno de los cinco presidentes más viejos de México desde la historia de nuestro país como nación independiente. Juárez, por ejemplo tenía 52 años cuando arribó al poder y Lázaro Cárdenas tenía 39 cuando asumió su mandato, fue el primer presidente electo que gobernó seis años y contaba apenas con los mínimos estudios de primaria. Ambos (Juárez y Cárdenas) son recordados como los presidentes que mejor han gobernado el país. Muy lejos de la estatura moral de estos presidentes, Obrador ambiciona trascender y ser recordado en un lienzo junto a los héroes nacionales. Lo malo, es que Obrador quizás pase a la Historia como el peor presidente de México. El nuestro es un país de jóvenes. Las dos generaciones más recientes –la llamada Generación x, nacida entre 1965 y 1980, y los Millennials, nacidos de 1981 a 1995– constituyen el 70% de la población y, como es natural, se inclinan por poner poca atención a las tendencias económicas positivas porque siendo tan jóvenes no experimentaron los puntos bajos de la historia reciente de México: las inflaciones y el desabasto de alimentos en los años setenta, la quiebra financiera nacional de los ochenta (debida al papel excesivo del Estado en la economía y a la dependencia del petróleo, cuando los precios mundiales se derrumbaron) o aun los desastres económicos de los noventa, que expulsaron a millones de mexicanos hacia Estados Unidos en busca de una vida mejor. Y en lo político, el eterno problema de la corrupción, convertido este flagelo en una especie de deporte nacional por excelencia. Muchos jóvenes votaron por el tabasqueño atraídos por sus promesas de un mundo mejor. Y así como los investigadores de laboratorio descubrieron que el mejor cebo para los ratones es el queso, Obrador ofreció un amplio repertorio de beneficios a millones de jóvenes sin perspectivas, la oportunidad de obtener ingreso o realizar estudios universitarios, empleo y becas, se trataba de una burda manipulación política con el temido fin de tener el control de sus conciencias. Pero ahora el descontento con su gobierno se puede palpar en las redes sociales, las que Obrador alabó como “benditas” en su discurso de posesión, ahora las cuestiona al tratar de descalificarlas. Es lógico, su manera de ser se rige por la incongruencia. No podemos dejar de reconocer su perseverancia para alcanzar sus objetivos. Ante los ojos de unos puede aparecer como un incansable luchador social y como un generoso líder de los que no tienen voz. De ahí su ambición de logar su inmortalidad. Lo peor es que sueña con alcanzarlo con dimensiones de idolatría. Lo que percibo en Obrador es un amasijo de contradicciones mentales e ideológicas. Todos los días habla de manera incontenible, no hay reflexión en sus palabras. Descalifica, ofende, pondera, en fin. Obrador desconoce que el hombre es sólo la palabra, no es otra cosa; el hombre no es un ser que piensa, que siente, que padece dolor, que goza alegrías, que viaja, que conoce; no, el hombre es un ser que habla, la única distancia frente a la especie zoológica es la voz, la palabra; y hay que ver, en este lamentable país, cómo lo único en lo que no se hace énfasis es en la palabra, precisamente. De ahí que tengamos que soportar tanto al político analfabeta como al político sagaz y cínico que no habla, vomita ruidos, vacíos, desde el Presidente de la República, o el candidato de las masas proletarias hasta el encargado del archivo de alguna oficina pública; vomitar el mismo cretinismo, la misma vaciedad de modo constante. Como decía el escritor Ricardo Garibay, la palabra, cuando es usada con propiedad, con respeto, con devoción, con cierto santo temor, es como un bisturí que abre el espíritu y lo muestra; es como asomarse a la ventana del castillo y ver el valle mojado por la lluvia y salir el sol. Por el contrario, salvo honrosas excepciones, los políticos mexicanos nos han demostrado que estos personajes del poder son la especie inferior del hombre; primero, no se puede pensar a gritos, y el político no habla, grita, vocifera, ladra; segundo, no se puede gobernar con la verdad. O sea, el político es el que a sabiendas propone lo menos como si fuera más, pero a sabiendas de que es lo menos lo que está proponiendo. El político es el hombre del engaño, de la falacia, es además una especie de bruto sumamente hábil, que no ama a nadie y que tiene como oficio convencer a todos de que los ama profundamente. Es, verdaderamente al revés, casi demoníaco, de la especie humana superior. El político es, ante todo, un hombre de poder, nada más. Se puede estar dando una batalla tremenda para llegar al poder, si no lo gana no es político; el político es el hombre de el poder, en el poder; el político sin poder es tan ridículo como un escritor sin ideas, o sin pluma, como una bailarina contrahecha o inmensamente gorda. Obrador debe aprender a escuchar a los demás. A los jóvenes políticamente incorrectos que se expresan en las redes sociales y a los que ahora pretende satanizar. Como buen conservador Obrador se siente ofendido con la incorrección política que se expresa en la oleada de memes, las burlas que recibe día con día en las redes sociales como expresión de rechazo a su forma de “gobernar”, si se le puede llamar así. Obrador necesita una buena dosis de tolerancia y como político debe aprender a tragar sapos sin hacer gestos. Para empezar debe dejar atrás su recetario moral, eso que a los jóvenes les parece chocante. Vaya, ojalá Obrador aprendiera algo de política y dejara atrás sus discursos ramplones de moral y espiritualidad. Si Maquiavelo independizó a la política de la moral, para poder entenderla. Si Kant independizó al derecho de la moral, asimismo, para poder estudiarlo como tal. La ética no nos sirve para hacer política ni tampoco para estudiarla. De otro modo, acabaríamos sin ver ni saber nada tanto de la ética como de la política. Quien ha decidido ser político debe estar bien dotado y armado para enfrentar toda clase de críticas, traiciones, deslealtades, engaños, tortuosidades, golpes bajos, maldades o seducciones e incluso hipnotismos que les pueden hacer sus contrincantes y hasta sus contlapaches. Por ahí debería empezar Obrador para curar su analfabetismo político.

jueves, 7 de mayo de 2020

Dilema Pos Virus: Reformar el Estado Neo-Liberal de Salinas




Carlos Ramírez

 

Si algunos restos se encontraran debajo de los escombros sociales y económicos del coronavirus, sin duda que serían los despojos del Estado populista y del Estado neoliberal.

La gran aportación de López Obrador con su discurso repetitivo contra el neoliberalismo fue justamente centrar el debate discursivo en el saldo negativo del Estado populista del modelo neoliberal de Carlos Salinas de Gortari construido en el periodo 1979-1994.

Sin embargo, la propuesta lopezobradorista no fue alternativa, sino de cambio de enfoque en las prioridades de gobierno: pasar del mercado como el eje del desarrollo a la atención a sectores marginados muy localizados. Es decir, sólo se ha tratado de una reasignación presupuestal.

El Estado neoliberal fue diseñado por Salinas en el Plan Global de Desarrollo 1980-1982 y los sexenios de Miguel de la Madrid y del propio Salinas realizaron las reformas constitucionales para cambiar la estructura del Estado, del modelo de desarrollo y de las prioridades sociales.

El saldo neoliberal 1983-2018 está a la vista: PIB promedio anual de 2%, 80% de mexicanos al margen del desarrollo, 25% de mexicanos en pobreza extrema, 57% de población trabajadora en la informalidad y la destrucción de la planta productiva para convertirla en maquiladora.

El nuevo Estado lopezobradorista no fue una propuesta integral; su Plan de Desarrollo quedó en un discurso doctrinario, no en una propuesta fundacional como el PGD de Salinas. Ahora que llegó el coronavirus habrá una nueva oportunidad para construir un nuevo modelo de desarrollo/planta productiva/política económica o tratar de resanar la existente con todas sus limitaciones, desigualdades, injusticias en la apropiación privada de la riqueza social y resabios neoliberales subyacentes.

Es decir, la crisis general --económica, política, social-- provocada por el COVID-19 será la gran encrucijada para construir una Cuarta Transformación o quedarse en una 3.2 --la 3.1 fue de diciembre de 2019 a enero de 2020--. El actual modelo de desarrollo sólo alcanza a beneficiar al 45% der los mexicanos, como se ve en el PIB de 2% promedio cuando se necesita 6%.

Hay que rehacer todo: Estado de bienestar, planta productiva, sector exportador, seguro de desempleo laboral y empresarial, política fiscal para financiar al desarrollo, mayor control del sistema financiero para la producción, reorganizar los sindicatos aún con estructura priista, reactivar la producción en el campo, redistribuir con mayor justicia las participaciones federales a estados y municipios, imponer supervisiones sociales a la transparencia en recursos públicos, rehacer el modelo de gasto público, tomar con seriedad las cadenas productivas, entre totas cosas.

Se trata, en suma, de una reforma del Estado para reformar el Estado neoliberal de Salinas 1979-2018. Tobos hablan de ello: gobierno, empresarios, sindicatos, organizaciones sociales, académicos, analistas y legisladores, entre otros, pero nadie está dispuesto a dar el primer paso. De ahí la importancia de que se hagan y distribuyan diagnósticos de la crisis económica, política y social que produjo el coronavirus y a partir de ello comenzar a construir una alternativa.

De nueva cuenta sale la insistencia en que México pueda diseñar unos Pactos de la Moncloa que le permitieron a España salir del hoyo de la dictadura franquista, del colapso económico, del retraso productivo y de la justicia franquista. El presidente Suárez, salido del fondo de la dictadura franquista porque fue nada menos que líder el Movimiento o la base de masas de Franco, pactó con todos los partidos, hizo negociar a unos con otros, y sacó unos Pactos que le dieron a España tres cosas: democracia real, estabilidad social y sobre todo un nuevo modelo de desarrollo que la colocó entre las potencias productivas de Europa.

Hasta ahora, el enfoque poscrisis está girando en torno a dilemas falsos: populismo o neoliberalismo, Estado o mercado, PIB o no PIB, lo mismo u otra cosa y tácticas o estrategias. Pero el verdadero dilema de México es regresar a lo que no funcionaba o buscar un nuevo modelo de desarrollo-planta productiva-política económica.

Regresar a la normalidad de enero de 2020 implica crecimiento mediocre, cobija social achicada y Estado verticalista.

 

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Política para dummies: La política es el arte de construir, aunque tenga primero que destruir.

 

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miércoles, 6 de mayo de 2020

Reforma fiscal o Estado famélico, déficit presupuestal y PIB negativo


Carlos Ramírez


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La ofensiva fiscal del SAT, el vaciamiento de fideicomisos, el recorte de personal público, la iniciativa de ley presupuestal a favor del ejecutivo y, entre otras, las presiones sobre el Banco de México revelan la principal crisis del Estado y del gobierno: el ingreso fiscal no alcanza para financiar el gasto, menos con la agenda de compromisos del gobierno actual y en peores condiciones por la caída de los ingresos tributarios por el frenón productivo por el coronavirus.

El acuerdo fiscal posrevolucionario duró hasta 1970 debido a una decisión clave: el gobierno ajustaba el gasto a los ingresos y con ello garantizaba el desarrollo estabilizador como fórmula para controlar la inflación provocada por el déficit presupuestal y mantener rígido el tipo de cambio.

La crisis económica del Estado comenzó cuando el gobierno comenzó a gastar más sin tener ingresos tributarios adicionales, y entonces se acudió a la emisión de circulante --cuando se podía, con un Banxico supeditado al ejecutivo-- y al endeudamiento. El resultado fue un déficit presupuestal promedio sexenal de 10% en 1971-1988 --Echeverría, López Portillo y De la Madrid--, con el pico de 14% en el trienio lopezportillista de 1980-1982.

El presiente López Obrador se encontró con un gasto público con tres nudos: el del déficit 0%, el de ingresos fiscales sin cumplir y el de sus programas propios. El desplome de 2019 de -0.1% fue provocado por la orientación presupuestal: dinero destinado sólo a sus proyectos, sin destinar recursos a la promoción de la actividad productiva. Con esa línea, antes del coronavirus se estimaba un PIB de 2020 en 0% a -1.5% porque tampoco habría dinero para inversiones públicas productivas.

La decisión presidencial de conseguir dinero hasta debajo de las piedras por el coronavirus podría cuando menos salvar el 2020 en materia de gasto por pandemia, apoyo a sectores vulnerables y financiamiento de las tres obras emblemáticas, pero en el 2021 volverá a estallar una crisis presupuestal.

El desafío, en realidad, no se localiza en las obras lopezobradoristas, sino en convertir la inversión pública productiva en el detonador de la reactivación económica. Y no se trata de algún programilla contracíclico que no servirá ante el desplome del PIB de -8% a -12%, sino de un verdadero programa de inversiones productivas que haga rebotar la actividad económica.

Y el problema se agrava por la necesidad de reorganizar el federalismo fiscal que no es otra cosa que el funcionamiento de estados y municipios como departamentos de una república centralista, porque esas dos instancias recaudan dinero fiscal que va a la federación y regresa como participaciones basadas en fórmulas técnicas ineficaces. Si el dinero fiscal no alcanzará para las prioridades del ejecutivo, menos para estados y municipios.

Lo que queda es la decisión muchas veces pospuesta de una gran revolución fiscal que suba la participación tributaria de 22% a 40% y una reorganización total de la política de egresos para que el dinero vaya a actividad productiva y no a subsidios sexenales. La política social se trasladaría de los subsidios estatales a economía productiva con empleo y bienestar asociado a la producción.

Y el camino es doble: una propuesta de reforma fiscal del ejecutivo o una convención nacional hacendaria. La primera obligaría a un pacto negociado en Palacio Nacional y la segunda a un gran aquelarre babeliano de contradicciones que no llegaría a una propuesta coherente.

La crisis fiscal del Estado desde 1971 tendría en un gobierno calificado de populista la gran oportunidad para replantear los objetivos sociales del Estado con mejores ingresos fiscales. El déficit presupuestal pactado con organismos internacionales y con el sentido común de 0% obliga a bajar el gasto, conseguir dinero vía la ofensiva del SAT y a disminuir parte de los egresos presupuestales optando por metas sexenales y no sociales.

Las iniciativas de reforma fiscal naufragaron por debilidad de los gobiernos, oposiciones severas de los empresarios y corrupción generalizada. Pero el gasto del gobierno se financia con ingresos fiscales o con deuda o con circulante artificial o bajando el gasto social.

 

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Política para dummies: La política es la estabilidad macroeconómica, sea populista o sea neoliberal.